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La prensa. [volume] (Los Angeles, Calif.) 1912-1924, December 08, 1917, Image 3

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DON FERNANDO EL MANSO
■* CUENTO jt
(Especial para “La Prensa.”)
Este era el sugestivo nombre de
in ciudadano de estatura media,
egordete, que llevaba con orgu
)o y muy levantada, una redonda
:abeza sobre grueso cuello, bien
ientada en la mitad de la gran
listancia que mediara entre horn
eo y hombro. Su cara matizada
:on el color rojo bronceado, que'
ndica salud, estaba siempre ilu
ninada por el destello de dos ojos
vivarachos, francos y temblones,
os que no obstante ir a la cabeza
de sus cincuenta años, sabían de
vez en cuando dar un guiño a la
hermosa que se atreviera a poner
se “a tiro”, según expresión del
mismísimo Don Fernando. En
fsto mucho cooperaban al éxito las
zalamerías de una boca diminuta
a modo de la de un pedazo, coro-'
uada por negro y abundante bigo
te, echado para arriba y completa
mente peinado, a la manera como
está dispuesto el zacatón en las
Escobas, y que por lo largo, bien
pudieran haber hecho oficio de
parapeto óptico o atrapa-moscas.
Ea frente ancha de Don Fernan
do, indicaba desde luego un crite
rio posado, bien distribuido entre
su familia y sus muchos negocios.
Porque Don Fernando era un as
tuto comerciante, que sabía sacar
partido hasta del aire. Su nariz,
bien proporcionada, aunque algo
gruesa y colorada, mostraba ves
tigios dejados por sus muchas lu
chas para disputar el placer a dios
Baco. Como sólida y resistente
■defensa a todo ésto, y sobre la ova
liada cara, Don Fernando el Man
so portaba una abundante e irsuta
[cabellera, a la moda antigua, dis
tribuida en dos partes iguales por
una raya recta, tan recta como pu
diera haberla trazado el más céle
bre de los ingenieros de la época
y del lugar- De andar majectuo
so y señorea!, Don Fernando hu
biera de seguro atraído por su
porte, la atención de una corte
dictatorial de la edad media, y es
por todas estas razones que nues
tro sujeto gozaba de mucha popu
laridad, no solo entre los vecinos
de su pueblo natal, sino entre to
dos los forasteros que habían te
nido negocios con él, y que en más
de una ocasión, se habían solaza
do en esforzadas expediciones a
todas las cantinas del lugar.
¿Por qué le llamaban el Man
so?.... lo vamos a (jescubrir sin
temor a cometer una indiscreción,
pues Fernando el Manso no es si
no una picara concepción de la
tradicional sátira popular. Pues
bien, le llamaban el manso por su
carácter despreocupado en apa
riencia. Don Fernando jamás dis
cutía de política doméstica, nacio
nal o internacional y eso que tuvo
la desgracia o la fortuna de caer
en este picaro mundo “lleno de
biznagas en las que todos nos es
pinamos”, como él mismo decía :
porque cuando niño todavía en es
tado de lactancia, no había sido
“chillón” y en más de una ocasión
habia sabido resignarse chupando
el trapo con mantequilla y azúcar
en lugar del pezón. Su madre lo ha
bia amamantado ella misma y no
habia empleado nodrizas para
criarlo, pero Nandito era un golo
so y si no le hubieran dado el tra
po muchas veces, se hubiera indi
gestado con frecuencia. De niño
escolapio, había sido estudioso
aunque muy travieso por lo que a
menudo le untaban las partes pos
teriores, primero con “ungüento
de zorrillo” para prevenir la infla
mación que de seguro le hubiera
sobrevenido después de los tre
mendos centenares de “reatazos
mojados” que le aplicaban, no solo
con el objeto de aumentarle la cir
culación, sino a titulo de castigo
y para que no se fuera acostum
brando a estar siempre sentado.
Pero Nandito no era pendenciero,
jugaba mucho, ponía de vez en
cuando una que otra lagartija en
ti cajóp del escritorio de la maes
tra, hacía volar moscas con un pa
pel de china prendido, a través de
la sala de clase, y cuando en casa,
soltaba las llaves del agua de la
cocina o se preocupaba por la sa
lud de los perros falderos, dándo
les su copita de-aguardiente o pur-'
gándolos- Ya hombre se casó con
la más bella y virtuosa señorita!
del lugar, de la que había tenido
doce robustos hijos; seis varones
y seis hembras. Don Fernando
el Manso era muy partidario de la
procreación ilimitada de la espe
cie y es por eso que no había des
cansado ni un solo año, y cuando
se sentaba a la mesa se sentía un
Jesús en medio de sus doce após
toles. Todos sus hijos estaban
bien educados, bien comidos y
bien vestidos, gozando además de
una salud de hierro. La única
preocupación del ahora feliz Don
Fernando era el enojo que le cau
saba el que le llamaran “el man
so” o le pisaran los callos, otras
veces se resignaba con su apodo
y hasta se sentía án&el de paz en
medio del turbulento andar de las
revoluciones. Don Fernando el
Manso nunca había tratado de in
vestigar orgullosamente la proce
dencia de sus antepasados, y lo
único que sabía decir cuando le
achacaban extranjería, era ; “Que
él era buen ciudadano sobre todo
y sobre todos”, tales declaracio
nes habían ayudado en gran parte
a aumentarle las simpatías de sus
amigos; Don Fernando no tenía
enemigos, quien le trataba le ama
ba, con excepción de su esposa
que de vez en cuando le daba dos
o tres golpes con el plumero para
quitarle un poco lo enamorado.
En todas sus discusiones del
estado de cosas, y especialmente
cuando llegaran a sus oídos im
properios contra cualquier pueblo
o Gobierno existente en la tierra,
Don Fernando se concretaba a
■decir; “Ellos saben lo que haecn,
déjenlos que se las arreglen, tie
nen Gobierno y es él quien sabe
lo que debe hacerse ” Por esto
muchas veces le llamaron gallina,
pero sin causarle esto gran preo
cupación, pues lo tomó siempre
como cariñosa broma.
Los años pasaron y con ellos
cayó sobre la negra cabellera de
Don Fernando la blanca nieve de
la vejez, sus hijos e hijas crecie
ron y se casaron, y las cosas pare
cieron ir bien hasta que una ma
ñana temprano, a la hora en que
los gallos del vecindario, con can
to agudo entonaban su himno a
la ¿creación que despierta, y los
arrieros de la región aparejaban
sus recuas para dedicarse a sus
faenas cuotidianas, llegó jadeante
y echando espumas un brioso cor
cel que caracoleando encabritado,
trataba de detener el robusto man
cebo que lo montaba, en el patio
de la casa de Don Fernando el
Manso. Apeóse el ginete y atan
do su cabalgadura de un pilar del
corredor, tocó nervioso la aldaba
de la chapeada puerta. A los gol
pes salió presuroso y en paños me
nores el manso Don Fernando. El
mancebo le miró de pies a cabeza
preguntándole con gesto insisten
te: ¿Usted es Don Fernando el
Manso?... Si señor... ¿qué de
seaba tan temprano?... ¿'Pues no
ha sabido que hay intervención?
Ya vienen los ejércitos enemigos
arrollándolo todo, pues dados los
muchos atropellos que han come
tido los malos mexicanos a lo lar
go de la frontera, han complicado
la situación internacional y ya no
es posible un arreglo, solo nos
quedará luchar... luchar hasta
morir; arrepentidos de nuestra po
ca falta de patriotismo para sacri
ficar nuestras ambiciones perso
nales en aras de la patria, nos re
montaremos a las sierras, haremos
LA PRENSA SABADO 8 DE DICIEMBRE DE 1917.
guerra de guerrillas, nos sacrifica
remos todos por nuestra querida
Patria, pero esto de nada servirá.
Dicen que las naciones extranje
ras reclamaron los atropellos co
metidos durante nuestras revolu
ciones y como no hemos sabido
apoyar a nuestro Gobierno en los
momentos en que las naciones lu
chaban en Europa, cuando el mun
do atravesaba por una era de lu
chas y de sangre, ahora la contien
da ha terminado, y las naciones
marchan coaligadas a pedirnos
cuenta de todo por medio de las
armas; las dificultades no se haul
podido arreglar por medio de la I
diplomacia por haber surgido por i
todas partes un sinnúmero de je
fecillos ambiciosos con miles de,
pretextos para atacar al Gobierno
y los ingenuos y crédulos los si- !
guieron sin saber que con ello
marchaban a la venta de nuestra
querida Patria,
Tal discurso emocionó sobre ma
nera al manso Don Fernando, que
si bien no hubo comprendido todo'
el relato, sí se dió cuenta
más o menos de la gravedad de la 1
situación. Es menester, antes de
seguir adelante, disculpar a Don
Fernando el Manso por su igno
rancia de los asuntos del día. Can
sado por los muchos chismes y
cuentos con los que iban llenos los
pocos periodiquiltos que llegaban
al pueblo, se habia resuelto a no
leer más nada, y es por eso que
vivía completamente ajeno a toda i
clase de asuntos que tuvieran re
lación con la política nacional o
internacional. Lo que más moles
taba a Don Fernando era la rabia
con la que ciertos pasquines ataca
ban a los que no pensaban como
ellos.
Pues bien, volvamos a nuestro
estimado y manso Don Fernando.
Una vez que se hubo enjugado las
lágrimas que a torrentes caían so
bre sus cedosas pestañas, Don Fer
nando dió el toque de alarma a to
do el vecindario. En seguida se
reunieron todos los hombres ro
bustos, las jóvenes doncellas y
hasta los ancianos, y conocida la
causa del alboroto, ensillaron to
dos los caballos disponibles, se ar
maron con toda clase de armas, y
en buen orden salieron a las 7 de
esa misma mañana del pueblo en
número de trescientos, encabeza
dos por Don Fernando el Manso,
sus hijos y el mancebo que hubie
ra traído la noticia alarmante y
que en estos momentos les servia
de guia. Bien provistos de comi
da y bebida en cestas y pequeñas
tinajas, tomando de vez en cuan
tió los hombres un sorbo de “so
tol” para darse valor, después de
haber cabalgado diez horas, llega
ron a un lugar, entre encrespadas
laderas y poblado de mezquites
y biznagas y desd* el cual se po
dían oir claramente tanto el nutri
do tiroteo de la fusilería como el
traqueteo de las ametralladoras y
el retumbar de los cañones- Eran
los bravos, los pacíficos que se in
terponían en barrera de carne y de
sangre entre el invasor y sus hoga
res. Apeóse Don Fernando el
Manso y con él todos los que lo
acompañaban y después de haber
tomado un frugal almuerzo, dis
cutieron la manera de esperar al
enemigo adoptando la emboscada.
Distribuyéndose en distintas di
recciones a lo largo de las vere
das y escondiéndose entre los es
pesos mezquitales, los bravos de
aquel pueblo esperaron el avance
del invasor, con paciencia, con re
signación, soportando el calor
abrasador y las moscas que no les
dejaban un momento de descanso.
Comienzan a verse en lonta
nanza las negras columnas de pol
vo que levantan los corceles, los
carros de artillería y vituallas del
enemigo, se oye el tocar de los
clarines y el redoble de tambores,
y luego los acordes de las bandas
militares, poco a poco se van dis
tinguiendo la caballería y los au
tomóviles, los tanques monstruos.
Es el enemigo, el invasor que
avanza pausadamente. De pron
to se oye una detonación... y cae
uno de los ginetes que marchan
a la vanguardia de los cuerpos de
exploración, es un oficial... el ti
ro ha salido del fusil de Don Fer
nando. A este tiro se siguen
otros muchos, y el tiroteo comien
za con marcada parsimonia por
parte de los guerrilleros de Don
Fernando ; no quieren desperdi
ciar una sola bala- El enemigo se
sorprende primero por lo inespera
do del ataque, se repliega, se for
ma en linea tendida y comienza el
avance. De cada “lutizache” sa
len bocanadas de muerte para el
enemigo que no ha podido descu
brir a los defensores y que conven
cido de la inutilidad de los ata
ques en lineas cerradas, procede a
poner en práctica movimientos en
volventes retardados, solo guiado
por el ruido de las detonaciones.
Prosigue la resistencia encarniza
da, hasta que a Don Fernando el
Manso y a sus valientes se les aca
ba el parque y entonces viene el
avance. Don Fernando se muer
de los dedos de corage al ver que
se le va tan buena oportunidad
para seguir haciendo bajas al ene
migo, pero se resigna y desde su
puesto ordena en voz alta que se
espere al enemigo con los mache
tes. Pocos minutos después la lu
cha se traba cuerpo a cuerpo, los
defensores hacen prodigios de va
lor, pero los asaltantes son muy
numerosos y el primero en sucum
bir es Don Fernando el Manso,
que ha causado muchas bajas
y que cae abrazado de
muerte con un contrario. En
iguales o parecidas circunstancias
mueren todos los que en la maña
na le hubieron seguido en su pa
triótica empresa y el invasor si
gue avanzando.
No pudiendo llegar a un acuer
do por causa de la intransigencia
con el Gobierno y el radicalismo
ambicioso que animaba a los di
versos jefecillos “rebeldes” de las
numerosas facciones no fueron ca
paces de oponer la resistencia su
ficiente al enemigo y esto por fal
ta de cohesión, por sempiterna
anarquía e instinto de criticarlo
todo, sin pensar en el deber y en
las cosas que más importaban a la
Patria, y a las mezquinas am
biciones de los que trataron de ha
cer de la revolución una manera
de vivir- Con la maldición en el
alma y el remordimiento de no ha
berlo pensado antes, todos sucum
bieron. El Gobierno intentó un
armisticio, se le concedió. Se tra
taron los preliminares de paz, las
naciones coaligadas en contra de
la Patria exigieron recompensa
de todos y cada uno de los actos
de bandidos antipatriotas. El Go
bierno impotente por la fuerza de
las circunstancias para afrontar
la situación y pensando en el bien
de la Patria, que de “dos males
hay que escoger el menor”, entro
tn arreglos. Los contrarios exi
ieron como pago, las regiones
más ricas de aquella célebre Re
pública, que de esta manera que
dó reducida a la mitad de 'Su ex
tensión. Es así como por obra de
la discordia de sus hijos, quedó
reducida casi a la nada una de las
primeras repúblicas del mundo,
que con la cooperación, concordia
y unión de todos sus hijos pudie
ra haber sido también una de las
más poderosas y respetadas. El
■pueblo de donde eran originarios
Don Fernando el Manso y sus va
lerosos compañeros, quedó en el
territorio arrebatado por los inva
sores- Más tarde los amigos de
los héroes, que sobrevivieron a la
catástrofe, pidieron permiso de
erigir un monumento en memoria
de Don Fernando el Manso y gue
rrilleros. Les fue concedido. So
bre maciso pedestal colocaron una
estatua representando a un horri
ble dragón que destrozaba las en
trañas de una mujer indefensa.
El dragón significaba la discordia
y el odio entre hermanos, y la mu
jer sangrante y destrozada, a la
antigua Patria. En uno de los
costados del pedestal estaba in
\
crustada una lápida que tenía ins
critos con letras de oro, los nom
bres de todos los héroes que mu
rieron al lado de Don Fernando,
y sobre todo esto, un ángel. .. el
ángel de la muerte, que abrazaba
una placa de bronce con la figura
de Don Fernando el Manso de
busto, con esta inscripción adicio
nal : “Aquí yace Don Fernando,
a quien en vida se llamó Manso,
pero por defender a su Patria, dio.
su sangre, dió su vida y murió co- '
mo un león.”. Y más abajo: “Glo
ria a los unidos.”
Sixto Spada.
¡ Los Angeles, Cal., Diciembre 3
de 1917.
T<M«o« A 4595 J 867
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